“¿Vibrar alto?” Es una frase que se ha vuelto un cliché. Muchas personas aseguran que el color de sus vidas se rige por la manera en que vibran, y aunque comparto esta creencia totalmente, existe una gran discrepancia en cómo concebimos este término.
La moda dicta que “vibrar alto” se alcanza con tan solo desearlo o darle forma en la mente. Si bien el pensamiento es una parte de la ecuación, no lo es todo. Se suele pasar por alto el ingrediente principal: la coherencia que debe existir entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Es común ver a quienes se autodenominan “seres espirituales” promulgando mensajes de luz, mientras llevan vidas que no concuerdan con aquello que profesan.
Definitivamente, creo que todo ser humano es un ser espiritual y que esta espiritualidad se vive desde la percepción única de cada persona. Sin embargo, el término se ha encasillado tanto que solemos relacionarlo exclusivamente con personas que siempre están en “modo zen”, donde la paz absoluta es lo reinante y las cosas mundanas pasan a ser algo casi inexistente.
“La espiritualidad no es la ausencia de conflicto ni vivir en ‘modo zen’; se demuestra en cómo habitamos el enojo, en cómo nos relacionamos con el entorno y en nuestras decisiones cotidianas.”
Para mí, la espiritualidad no es la ausencia de conflicto; se vive en los actos cotidianos más simples. Se manifiesta en la contemplación de un paisaje, en la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno y con las personas que nos rodean, e incluso en la manera en que habitamos los enojos y los malestares. La espiritualidad también está ahí, en cómo transitamos la incomodidad, en las decisiones diarias que tomamos, en las palabras que decimos y no nos guardamos, y en esos procesos internos que muchas veces no comprendemos del todo pero que nos van trazando el mapa que debemos seguir. Este camino no se recorre porque otros nos digan por dónde ir, sino porque se siente desde adentro; por esas señales que nuestro cuerpo nos pone como prueba irrefutable de que existe una consciencia mucho más grande de lo que pensamos.
Siento, creo y pienso que la espiritualidad se reinventa en cada uno, y la manera en que cada quien la vive es completamente válida. A veces, ciertos eventos desatan una búsqueda interior que comienza en cursos, podcasts, libros, canciones, pláticas o películas. Sin embargo, veo de manera recurrente cómo algunas personas hablan de su experiencia personal como una verdad absoluta, olvidando que existen tantas verdades como personas en este mundo.
“Vibrar alto” habla literalmente de vibración, de energía, de pulsos que son comprobables. Algunos han logrado representar estas frecuencias en gráficas, como el Dr. David R. Hawkins con su escala vibracional de las emociones, la cual nos da una referencia clara de cómo cada estado de ánimo emite una frecuencia distinta. A esto me refiero con la coherencia: actuar de acuerdo a lo que se siente, sin hipocresías, dejando de pensar que actuar como los demás esperan nos colocará mágicamente en una posición “espiritual”. Alguien altamente espiritual es consciente de ese equilibrio, de esa balanza entre sus diferentes cuerpos (mental, emocional, físico y espiritual).

Con este artículo no pretendo plantear una verdad absoluta, sino solamente la mía, vista a través de mi propio cristal y basada en mis vivencias. Mi invitación para quien lea esto es que indague dentro de sí mismo para encontrar aquello que lo haga sentirse feliz.
Para mí, eso es vibrar alto: encontrar aquello que te hace sentir pleno y desarrollarlo, a pesar de lo que otros puedan decir. Es abrazar aquello que nos completa sin hacer daño a terceros; llegar a ese punto donde tus pensamientos, tu sentir y tu hacer se fusionan en una sola cosa.




