Estoy plenamente consciente de que el movimiento es vital. Es necesario en cualquier proceso de la vida, para sanar cualquier rincón de la mente, para liberar las emociones y para nutrir todo lo que compone la realidad —o realidades— que creamos a diario. Por experiencia propia, sé desde hace tiempo que el movimiento del cuerpo es un requisito indispensable para alcanzar un estado de salud integral en todos nuestros planos: emocional, mental, corporal y espiritual.
Ayer tuve la oportunidad de dar un paso más en este entendimiento al asistir al curso “Los secretos de las 13 lunas mayas”, impartido por Juan Balam. Desde la primera vez que escuché sobre este espacio, capturó mi atención. Prometía una vía para entrar en estados profundos de consciencia a través de movimientos corporales, enraizados en prácticas ancestrales de diferentes culturas de México.
Sentí mi cuerpo como nunca antes lo había sentido. Percibí una energía, cuyo origen desconozco, integrándose en mí. Se manifestó físicamente a través de oscilaciones térmicas, pasando del frío al calor. Al incorporarme, la percepción de mi entorno había cambiado; incluso vi en el rostro de quien nos guio una cara diferente (como si se tratara de una parsona distinta). De pronto, una sensación de felicidad absoluta y sin razón aparente se apoderó de mí, llevándome casi a las lágrimas. Quería gritarlo, expresarlo en ese mismo instante, pero decidí guardarlo. Comprendí y reafirmé que el trabajo interno es profundamente personal, y que cada individuo en ese espacio estaba atravesando su propio universo de vivencias.
Esta fue apenas la primera clase, pero definitivamente seguiré con la práctica. Como todo aquello en lo que deseamos mejorar, requiere constancia y disciplina.
“El secreto para interpretar las señales de la vida no está en la lógica de la mente, sino en la brújula del sentir.”
Hoy doy gracias, porque confirmo una vez más que cuando estamos listos para ciertas cosas, estas simplemente aparecen. Llegan a través de un curso, una persona, un video o una melodía. Basta con estar atentos para ver esas señales que se nos presentan todo el tiempo. El secreto está en saber interpretarlas, no desde la lógica de la mente, sino desde la brújula del sentir, y asumir la responsabilidad de tomarlas o dejarlas.

“El trabajo interno es profundamente personal;
a veces, la mayor revelación se guarda en el silencio del propio ser.”
En este punto de mi vida me siento más conectado conmigo mismo. Estoy integrando actividades y actos personales que me unifican y me hacen recordar quién soy a través de pequeños y luminosos lapsos. Sigo en búsqueda, y sospecho que esta búsqueda no termina nunca. Pero ahora sé con certeza que esta vida es precisamente para eso: para recordar, para experimentarse a uno mismo a través de las vivencias y, con cada paso, acercarse un poco más a la Fuente que nos trajo a esta existencia.
“Esta vida es precisamente para eso: para recordar, para experimentarse a uno mismo y acercarse a la Fuente que nos trajo a esta existencia.”




