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Me queda claro que el ser humano no es ni la mínima parte de lo que en realidad puede llegar a ser. Vivimos bajo una premisa limitada, una creencia arraigada de que los sentidos, tal como los conocemos —vista, tacto, oído, olfato y gusto—, son las únicas herramientas que poseemos para interactuar con la realidad.
Sin embargo, estoy convencido de que estos cinco sentidos son solo una fracción de nuestra verdadera capacidad. A lo largo de nuestra vida, el entorno nos ha ido cubriendo con capas y capas de condicionamiento, permitiéndonos ver solo lo que se considera “conveniente” o “factible”. Nos hemos acostumbrado a validar únicamente aquello que se puede medir, pesar y comprobar bajo estándares rígidos. Pero, ¿qué ocurre con lo que no es medible? ¿Qué pasa con todo aquello que se escapa de la percepción de esos cinco sentidos básicos?
Desde hace años, he comenzado a cuestionar este paradigma. No ha sido algo repentino, sino un goteo constante de información proveniente de fuentes diversas: testimonios, lecturas y, sobre todo, pláticas profundas con conocidos. Estos encuentros no han sido simples casualidades, sino verdaderas “causalidades”; eventos sincrónicos que me han hecho darme cuenta de que existe un universo de percepción mucho más amplio.
He llegado a la conclusión de que existen “otros sentidos” que yacen dormidos en nuestro interior. Todos, como seres humanos, tenemos la posibilidad latente de despertarlos. Hablo de capacidades como la clarividencia, la clariaudiencia, la intuición profunda y la comunicación telepática.
Lamentablemente, la sociedad moderna tiende a etiquetar estas capacidades como “mágicas”, “místicas” o puramente “esotéricas”. Se nos ha hecho creer que son dones reservados para unos pocos elegidos —personas altamente sensibles, chamanes o brujos— y, a menudo, se habla de ello con un escepticismo casi obligatorio.
Yo, sin duda, creo y siento que existen y que son inherentes a nuestra naturaleza, no una excepción. No se trata de magia, se trata de una tecnología humana interna que hemos olvidado cómo usar.
Lo más contundente que me ha sucedido para comprobar esto ocurrió cuando estaba en la preparatoria. Convivía mucho tiempo con un amigo muy querido, alguien con quien compartí innumerables experiencias y forjé un vínculo profundo.
En una ocasión, mientras caminábamos juntos en silencio, escuché claramente que me hacía una pregunta. Sin pensarlo, de manera automática, la contesté en voz alta. Él se detuvo, volteó a verme sorprendido y me dijo: “No te dije nada, solo lo pensé”.
En ese momento, lo tomamos como un evento telepático aislado, una curiosidad del momento. No dimensionamos que estábamos frente a una capacidad real de comunicación no verbal. Nuestra conexión era tal que, en otras ocasiones, la gente llegaba a preguntarnos si éramos gemelos, a pesar de que físicamente no nos parecíamos en nada. De alguna manera, nos mimetizábamos energéticamente y las personas a nuestro alrededor podían percibir esa sintonía.

Hoy comprendo que esa experiencia no fue una anomalía. De alguna manera, es posible “sintonizarse” con otros. De hecho, cada vez más experimentos científicos y pensadores de vanguardia comienzan a explorar estas interconexiones que antes parecían imposibles.
Mi anhelo profundo es llegar a desarrollar plenamente esos sentidos dormidos, quitarme esas capas impuestas por el entorno. Justo mientras escribo esto, me encuentro con una frase poderosa que resuena en mi interior: “Recuerda quién eres”.
Tal vez eso es exactamente lo que nos hace falta. No se trata de aprender algo nuevo, sino de reconectarnos, de volver a ese conocimiento ancestral que yace en nosotros y asimilar estas posibilidades, no como cuentos de fantasía, sino como nuestra verdadera realidad.