El Laberinto de las Palabras: Cuando lo Dicho No Es lo Entendido

Todos utilizamos el lenguaje como nuestra herramienta principal para conectar. Configuramos palabras, armamos frases y lanzamos mensajes al mundo procurando expresar una visión de nuestra propia realidad. Sin embargo, a menudo olvidamos la otra cara de la moneda: quien recibe ese mensaje lo interpreta desde su propia realidad, sus vivencias y sus filtros.

Existe una creencia errónea y muy común: pensar que lo que decimos será comprendido exactamente como nosotros lo concebimos en nuestra imaginación. Pero las palabras son limitadas, a veces torpes, y la brecha entre lo que pienso, lo que digo y lo que el otro entiende, puede ser abismal.

Esto sucede cotidianamente. Damos por hecho que un comentario se entendió con la intención original, pero el receptor captó algo completamente diferente. A veces es porque no encontramos las palabras precisas, o porque una simple puntuación errónea en un mensaje de texto cambia el tono por completo.

Por eso considero que, para lograr una comunicación efectiva, no basta con “emitir” el mensaje; necesitamos interacción. Es nuestra responsabilidad tener la consciencia de que el malentendido es posible. Debemos hacer el esfuerzo de aclarar los puntos importantes, practicar la empatía para tratar de ver cómo se entienden nuestras ideas del otro lado, y verificar si estamos en la misma página. Esto es vital con la familia, amigos o colegas para evitar conflictos futuros basados en suposiciones.

“El lenguaje está vivo

y cada generación lo transforma; conversar con los más jóvenes no es solo entender sus modismos, es entender su visión del mundo.”

Hoy en día, este reto se multiplica. El lenguaje se ve bombardeado por modismos, abreviaciones y barreras culturales donde una misma palabra puede ser un halago en una región y un insulto en otra. Pero la barrera más fascinante es la generacional.

Lo viví en carne propia cuando volví a estudiar Artes Plásticas hace unos años. Al ser el mayor, me asignaron como administrador del grupo de WhatsApp. Mis compañeros, la mayoría veinte años menores que yo, se comunicaban con códigos que a veces me resultaban indescifrables. No era un tema de ignorancia, sino la prueba palpable de que cada generación transforma el lenguaje.

Esa experiencia me enseñó que el lenguaje está vivo y en constante mutación. Por eso, hoy más que nunca, creo que es crucial conversar genuinamente con la gente más joven, no para juzgar, sino para entender qué intentan decir y cómo ven el mundo. Yo, personalmente, aprendo muchísimo cada vez que platico con mis sobrinos.

Comunicarnos es un puente que hay que construir activamente todos los días.

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