Nos encontramos de nuevo en ese umbral sagrado, ese espacio liminal donde el calendario parece detenerse para obligarnos a mirar hacia adentro. Estos días finales del año no son solo una cuenta regresiva; son un espejo que nos invita a una profunda reflexión, a una navegación silenciosa en busca de las mejores coordenadas de nuestro propio ser.
Es una búsqueda que, admito con humildad, muchas veces no encuentra respuestas inmediatas. Lanzamos preguntas al vacío de nuestra consciencia y a veces el eco es el silencio. Sin embargo, el simple acto de cuestionarnos ya es transformador; nos ayuda a recalibrar la brújula, a poner en perspectiva nuestras decisiones, la rutina que nos consume y la trayectoria misma de nuestra vida.
El 2025 está exhalando su último aliento, y con él, simbólicamente, mueren recuerdos y vivencias. Pero no es una muerte estéril; es como el abono que nutre la tierra para lo nuevo. Debemos reconocer que el que fuimos al inicio de este ciclo, ya no somos.
“Debemos reconocer que el que fuimos al inicio de este ciclo, ya no somos.”

“Gracias 2025,
por enseñarme que, para estar verdaderamente completo, debo abrazar tanto mis luces como mis sombras.”
Mi sentir predominante es una gratitud profunda y sosegada. No porque el camino haya sido fácil, sino porque, a pesar de las tormentas y los terrenos escarpados, seguimos de pie. Este año, con su vertiginosa montaña rusa de subidas y bajadas, me obligó a revalorar los cimientos, dándole un peso renovado al significado de la familia como nuestro puerto seguro.
Más importante aún, el 2025 me empujó a sumergirme en las aguas profundas de nuestra dualidad inherente. Como seres humanos jugando este juego complejo de emociones, a menudo intentamos “blanquear” nuestra existencia, reprimiendo esas zonas oscuras que tememos mirar. Este año aprendí que para estar completos, debemos integrar la sombra. Comprendí que no somos un boceto monocromático, sino una paleta de colores vasta y compleja, donde el negro y el blanco son indispensables para dar profundidad a la obra maestra que somos.
Agradezco también los reencuentros conmigo mismo: el haber desempolvado mi pasión por el arte, permitiendo que el color fluyera de nuevo, y el haber hallado santuarios necesarios en la meditación. La vida, en su infinita generosidad, también trajo gente nueva y valiosa que amplió mi entendimiento, y me regaló un alma leal en el cuerpo de mi nueva mascota, una maestra de la presencia incondicional.
Cierro el año valorando lo simple, lo esencial: esas mañanas frías, caminando con los perros con el único propósito de ver al astro mayor iluminarnos con su calor, recordándonos que la luz siempre regresa. Estamos listos para el 2026, no con certezas arrogantes, sino con el corazón abierto a los nuevos aprendizajes y a la continua e infinita tarea de conocernos a nosotros mismos.





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